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jueves, 21 de mayo de 2020

Cuando ya me empiece a quedar solo


Fondos de pantalla : gato, Animales, monocromo, ventana, sentado ...

Carlos y Eduardo estaban sentados en la sala comunal del asilo en el que habían vivido los últimos cinco años. La luz entraba tenue por las hendijas de la reja del patio y el aire se condensaba al interior del recinto. La radio estaba encendida, puesta de tal modo que su sonido llenara el vacío de la sala y se ocupara de los ecos que iban a dar contra el espejo del pasillo.

-Carlos, ¿te acordás de aquella vez que te fuiste de bruces frente a la vieja de la enfermería?

-Y vos creyendo que a mí me gustaba…

-Si te lo digo es porque sí.

-Me conformo con decir que con un polvo hubiera estado bien.

Carlos se quedó pensando. Se le ocurrió que la posibilidad de acostarse con la enfermera (o su asistente, ya ni sabía) tampoco era tan lejana.

-Tendré los ojos muy lejos para cuando eso pase- dijo, resoplando, Carlos. Extendió su mano y tomó un cigarrillo de la mesa. Se lo puso en la boca. Eduardo tenía el pecho hundido en el hueco que había formado con su propio cuerpo, arqueando la columna hacia abajo.

-Para un viejo sabiondo como vos no puede ser tan difícil-, dijo Eduardo, con sorna.

-¿Ya le dieron de comer a Leda?

-No lo sé. No he visto al muchacho venir por el concentrado. Total, esa gata ya está medio loca, vieja y vencida, como nosotros. Va de un lado a otro sin propósito alguno.

Los ancianos permanecían inmóviles, mirándose furtivamente a cada rato en el transcurso de su conversación. En su juventud conocieron el hippismo, pero no lo practicaron. Probaron la marihuana y el LSD, pero nunca asistieron a una manifestación. Lo cierto es que eran viejos conocidos que habían venido a encontrarse en ese sitio la mayor parte de las veces tranquilo, que lo único que tenía de lúgubre eran ellos dos, en donde los dejaban fumar en la salita por la buena ventilación que tenía y por estar considerablemente lejos de las habitaciones.

-¿Te acordás. Carlos, de la vez que terminamos metidos en un concierto de Chavela Vargas?

-Pero che, ¡qué decís! Si cuando llegamos con lo único que nos encontramos fue con un escenario vacío.

Eduardo se quedó en silencio, sin saber muy bien qué decir frente a la lucidez memoriosa de Carlos. Volteó la cabeza hacia la izquierda y se quedó viendo los lomos de los libros que había en los anaqueles del rincón.

-¡Hace cuánto que no leo El fantasma de Canterville!

-Ese no es más que un libro muerto de pena.

Eduardo se levantó de su sitio y fue hasta la estantería para tomar el libro. Con paso lerdo volvió a su sillón y abrió el viejo volumen.

-Este libro habla de vos, de nosotros. Nos han ofendido mucho y nadie ha dado una explicación. Estamos aquí tirados y nadie se acuerda de nosotros.

Siguió ojeando el libro y se encontró en la mitad un papel suelto, doblado por la mitad. No era otra cosa que un dibujo destruido, carcomido por el paso del tiempo. Era un retrato del viejo Borges. “¿Te acordás?”.

-Aquí nos dejaron, Eduardo, cuando ya no servimos pa más, viviendo de la caridad ajena.

Eduardo quiso volver a la estantería para poner el libro en su sitio, pero se sentía muy cansado y resolvió no hacerlo. Ya era mediodía pero no podían ver el noticiero porque el televisor se había dañado.

-¿Y pa qué quiero un televisor inútil?

-Eduardo, querido, con tu eléctrica compañía tengo. ¡Vos conocés a Wilde!

La radio sonaba a todo volumen.

-Sos lo único que tengo en esta prisión que no es mía.

-¿Y para qué querés más? Si ya solo nos resta una vejez sin temores. Lo hemos vivido todo, y lo último que aprendimos fue una comprobación de lo que ya sabíamos. A la gente solo le servís si tenés algo que darles. Y los hijos… ¡la puta que los parió!

-Una vida reposada es lo que tenemos ahora.

-Pero no está mal. La enfermera viene a vernos cada semana. Le alcanzo a tocar el trasero, le ajusto un tango.

-Y las ventanas están muy afiladas. Como en la dictadura.

-Y dormís contento. Los cuartos permanecen tibios y la cama, tan inmóvil.

El tiempo había transcurrido lento y la música de la radio flotaba inerte en el aire. Carlos mantenía una sonrisa cadenciosa en su rostro. Un gesto de tranquilidad, satisfacción y gracia.

-¿Qué más hiciste aparte de trabajar estos últimos cincuenta años, Carlos?

-Escribir y dejar un montón de diarios apilados.

-Pero Carlos, decíme, ¿quién va a leer eso?

-Nadie. Son solo una flor que cuida mi pasado.

Ahora la radio transmitía un concierto. Un millón de voces gritaban, otro tanto de manos aplaudían. ¿A quién? ¿A John Lennon? ¿A Gardel? ¿A Michael Jackson?

-¿Y eso es lo que hacen, cuidar tus recuerdos?

-Y también invocar algunos fantasmas.

-¿Fantasmas? ¿Cómo cuáles?

-Como los de todos los viejos que viven con nosotros en este asilo, el de Leda. Y el fantasma tuyo, sobre todo…

-¿Mío? ¿Para qué?

-Para cuando ya me empiece a quedar solo.

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

martes, 12 de mayo de 2020

El álbum de fotos

Cómo Hacer un COLLAGE o un ALBUM DE FOTOS en Word | Mira Cómo Se Hace

Hace unos días, varios de mis primos vinieron a mi casa a visitarnos a mi mamá y a mí. Fabián, el menor de ellos, estaba encantado con las tres perras que teníamos: Salomé, Lulú y Samy.

-Yo viviendo aquí sería el niño más feliz del mundo- decía.

-No te quejes Fabián, que en tu casa también hay perro- le respondí yo.

-Pero solo uno. Tú, Lina, tienes tres.

Siguió Fabián corriendo con las perras y casi se escalabra contra el filo del lavadero. Tatiana, su hermana, le insistía que se quedara quieto, que se iba a desportillar un diente o se iba a hacer morder de alguna de las perras. Pero nada. Fabián siguió y siguió y siguió hasta que fue a dar contra los trastos de la cocina. Había cuatro en cada esquina, como los organizaba mi bisabuela en Bucaramanga. Ese orden no cambió nunca.

Mientras tanto me fui con mis dos primas al cuarto donde duermo con mi mamá. Nos hicimos en la cama, que es muy espaciosa, y nos pusimos a charlar. Karen me contaba que su último novio la había dejado, que era un desgraciado y que nada de lo que hiciera cambiaría su opinión sobre él. Entonces llegó Salomé, seguida de Fabián y Lulú. “Fabián, no jodas tanto, déjanos en paz”, le dijo Tatiana.

- No regañes tanto al niño que después va y dice quejas- le aconsejé a mi prima.

- Pero es que está inmamable. En fin, muéstrame qué tienes en esa gaveta.

Abrí la gaveta nueva, color caoba, de 30 por 40, que me trajo mi tío Jaime de Medellín hace días y saqué un álbum de fotos.

- Esto es más viejo que el abuelito- dije.

- Y pensar que está lo más de bien cuidado- agregó Karen.

Abrimos el álbum y vimos las primeras fotos: mi mamá y mi papá el día de mi primera comunión; los abuelos en la piscina de la finca de Popayán; mi papá trepado en una azotea con alto riesgo de caerse sobre el platón de una camioneta.

- Yo veo esto y me da como nostalgia- dijo Karen.

- No seas boba Karen, que eso es lo más de normal- respondió Tatiana.

Pasamos la mitad del álbum y salieron las fotos de cuando cumplí quince años. ¿Se imaginan ustedes cómo fue? Yo, con vestido, dando palabras de agradecimiento en un micrófono, aterrada. Le pedí a Karen que pusiera música en el celular, y que lo pusiera en la parte alta del mueble que hay sobre la cama, al lado del espejo.

- Te veías muy bonita, prima. Tampoco es que hayas cambiado mucho- dijo, con entusiasmo, Karen.

- Y eso que estaba nerviosa. De todos modos me gustaron mucho los mariachis- respondí.

Estando en esas mi mamá llegó con un vaso de vino Sansón para cada una y para ella. Nos pusimos a recordar ese día en el que ellas estaban todavía muy chiquitas y yo ya comenzaba a reconocerme como una mujer autónoma.

- Pero vean las demás fotos de Paola, cuando le hacen el caminito con rosas- dijo mi mamá, que no me dice Lina, sino Paola, que es mi segundo nombre.

- Ay ma, usted siempre con el mismo cuento, nada que lo supera.

Entonces nos dimos cuenta que había pasado más de una hora y se había empezado a oscurecer la casa. Me paré yo misma a encender la luz y, por accidente, dejé caer unos peluches que tenía sobre el armario. El armario tenía un espejo grande en la puerta de la derecha y la manija brillaba cuando el sol se reflejaba en ella. Tengo varios: la vaca, el mono, el oso, el perro. Milagrosamente están intactos. ¡Con tres perras en la casa!

Llamaron a la puerta. Era mi tío. Venía de trabajar. Mis primas, contentas, salieron a saludarlo.

- ¿Qué andan haciendo niñas?- preguntó Jaime.

- Nada tío, acá viendo las foticos de ustedes. Tú sí que estabas flaquito en esa época- respondió Karen.

- Eran otros tiempos. Ustedes son las que están empezando hasta ahora a vivir- prosiguió mi tío.

Fue entonces cuando, trepado en la cabecera de la cama, Fabián me pidió que le pasara el sombrero que estaba colgado en una puntilla de la pared.

- ¿Para qué quieres eso, Fabián? No molestes tanto- dijo Tatiana, enfadada.

- Pues para parecerme a Lina- dijo el niño

- Pero si Lina es mujer…- respondió, perpleja, Karen.

- Por eso. Es que yo lo que quiero ser es niña- dictaminó Fabián.

Todos nos quedamos mirándonos entre nosotros, sabiendo muy bien lo que estaba pasando. Mi mamá se rio en silencio y mi tío se quedó pensando. Llegó la noche y nos despedimos todos. Fabián se llevó el sombrero puesto.

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

jueves, 10 de enero de 2019

Yo prefiero tomar solo


Me senté a la mesa de plástico de la tienda del barrio y le pedí a la tendera que me trajera una cerveza. Se la pagué con un billete para el que ella no tenía vueltas, así que resolvimos que, para evitar enredos, me encimara otra botella. Empecé tomado rápido, pues ya había aprendido, gracias a Bukowski, que la cerveza para que haga efecto se debe beber con rapidez. Yo mismo me iba contabilizando en la mente el tiempo que debía durarme la botella: no más de cinco minutos. Entonces, al terminarla, fui con asiduidad hasta la nevera y agarré la otra cerveza. Regresé a la mesa y me quedé dándole al asunto.

Por momentos me quedaba mirando la etiqueta de la botella, analizando los detalles, deslizando la mirada sobre los colores y haciendo énfasis en cada letra: P O K E R. Si no fuera por la K, tendría con esas letras varias combinaciones para armar frases, pero la K me resultó muy engorrosa en ese momento, de manera que me conformé con dos frases insignificantes: Karla Peca Empedernida Porque Ruge y Para Reír Ernesto Obtiene Kilos. Decidí que aquel juego mental no merecía la pena y desvié la mirada hacia la calle para distraer la atención.

Entonces me di cuenta que había gastado demasiado tiempo tratando de encontrar frases con sentido y me pegué a la botella como un melancólico desconsolado. Al frente mío había un viejito con dos botellas vacías y un periódico sobre las piernas; no parecía tener la prisa mía de sentirse ebrio y me miró amistosamente. Tenían la radio encendida y comenzó a sonar una canción que, en un acceso místico, se entrelazaba directamente con mi realidad inmediata: “Y que me traigan más botellas, para quitarme este sabor de su sudor. Y que me apunten en la cuenta toda la desgracia que dejó…” La mirada se me turbó y ahí sí empecé a ponerme melancólico, como si el solo hecho de estar tomando con esa canción me tuviera que poner así, con un gesto de resentimiento en la frente y una mueca de desparpajo en los labios. “… Que me va a matar la depresión, que voy a vivir en el alcohol. ¡Qué importa! ¡Qué importa!”.

Fue en ese momento, antes del coro, cuando el muchacho que le ayudaba a la tendera (más tarde supe que era su sobrino) me dijo que qué le pasa hermano, que porqué anda tan triste si hasta ahora estamos empezando el año y mañana es día de reyes. Y sí, era el penúltimo día oficial de la navidad, que se termina cuando llegan los Reyes Magos con el incienso, la mirra y el oro, regalos inútiles a mi modo de ver. Le respondí con ironía que yo estaba bien, mejor que nunca, y casi riéndome, como si estuviera trabado y no borracho. Y arrancó el coro: “Así es la vida de caprichosa, a veces negra, a veces color rosa…”. Me terminé esa cerveza y pedí otra.

Desde hacía un tiempo había decidido no tomar en reuniones familiares, por lo cual me había abstenido en navidad y año nuevo. Prefería, mientras estuviera con parientes, mantenerme sobrio para evitar problemas. Entonces aproveché que estaba solo para tomarme con calma unas cervezas. En mi familia, como en casi todas las demás, estaba mal visto tomar solo, era un signo de degeneración, de vicio, de decadencia; si uno tomaba era porque estaba con alguien y porque estaba contento, porque había algo que celebrar. Por ende, estaba muy bien si uno se emborrachaba en nochebuena; nadie lo juzgaba y hasta resultaba simpático. Pero si la borrachera era por fuera de esas fechas y ojalá entre semana, el dedo moralista acusador caía sobre uno y el dictamen era certero. ¡Ahora súmele que además estaba tomando solo!

Sin embargo, pese a mi apariencia mustia, en el fondo estaba contento. El mundo para mí no era otra cosa que un escenario donde se representaban todas las ridiculeces humanas que la gente se tomaba en serio. Yo, en cambio, no me las tomaba en serio. Pero algo tenía que asumir con mediana seriedad, y eso, paradójicamente, era la burla; por eso me metía bien en el papel del novio despechado al que se le asomaban las lágrimas mientras sonaba una canción de desamor. Yo no creía en la fidelidad ni en el amor eterno ni en el amor. Si acaso, en la amistad. Entonces me acordé de una conversación que en la infancia había tenido con mi abuela.

-Abuelita, ¿por qué los curas no tienen esposa?

-Porque deben guardar castidad.

-¿Y eso qué es?

-Que no pueden distraerse de su compromiso con Dios.

-¿Y nunca se casan?

-Están casados con la iglesia.

De algún modo, yo también tenía un compromiso, claro está que ese concepto era demasiado abstruso para mí. Pero mi compromiso no era con Dios ni con ninguna divinidad religiosa, sino con la ocurrente trascendencia que sentía emanar de mi interior y que me llevaba continuamente a explorar los más indefinibles contextos de este mundo y del otro. Ahí se me ocurrió una pregunta que le pude haber hecho a mi abuela aquella tarde en el patio de la casa que tenía en el barrio Versalles de Manizales:

-Abuelita, si los curas se pueden casar con la iglesia, ¿yo me puedo casar con las putas?

Pagué lo que debía y salí trastabillando. La noche había terminado de caer y las calles estaban vacías. Me fui caminando sin destino, mascullando pensamientos enredados. Sentí un enorme deseo de orinar. Miré con sigilo a izquierda y derecha y me arrinconé frente a un muro, tratando de ocultar mi delgada figura con un poste de luz. Oriné. A cada segundo me entraba el espanto de estar siendo observado, de modo que cuando terminé me fui caminando más rápido que antes, sin poder evitar el tambaleo de la borrachera.

Decidí regresar a mi casa, razón por la cual tuve que volver a pasar frente a la tienda. Había llegado un grupo grande, de unas cinco o seis personas, y habían pedido aguardiente. Algunos fumaban cigarrillos mientras iban charlando y haciéndose bromas sobre quién tenía el pene más grande. En el grupo había dos mujeres que se reían a gusto y se sentaban en las piernas  de esos tipos a cada rato. Como de todos modos me iba a quedar observando, entré y pedí una cerveza. Me senté a la mesa del rincón e intenté escuchar la música que trataba de sonar en la radio, pero el griterío de los nuevos borrachos no me dejaba oír. Debía de ser alguna salsa rosa de esas que se han puesto de moda, así que perdí el interés.

Al cabo de unas cuantas cervezas mías y de un par de botellas de aguardiente de ellos, la atmósfera era otra; ya no los oía con tanta claridad y hasta la señora de la tienda se había puesto a tomar al lado de la bodega de helados. Fue un golpe intempestivo sobre la mesa del grupo grande lo que me alarmó un poco; tras el golpe se oyó el ruido de una botella quebrada y ahí comenzó el escándalo. Un macancán de casi dos metros le dio un puñetazo al tipo que quedaba dándome la espalda. Las mujeres comenzaron a gritar, agarrándose la cara y perdiendo el semblante, pero no lograron nada. Los demás miembros del grupo intentaron detener al sujeto que había lanzado el golpe, pero el orangután estaba cegado de ira y licor. Mientras este estaba distraído tratando de librarse de las manos de sus colegas, el hombre que había recibido el golpe agarró una botella vacía y se la estrelló en la frente al gigante. La sangre brotó y bajo por toda su cara; el tipo había perdido el sentido y las mujeres empezaron a llorar.

La señora de la tienda, a pesar de su cojera, llegó corriendo hasta el teléfono que tenía justo al lado del aparatico donde hacía recargas a celulares y pagos en línea de los recibos. Miraba aterrada la pelea, mientras hablaba tapándose la boca con la bocina. Yo permanecía inmutado, sin poder pedir más cerveza, mirando absorto lo que ocurría.

La pelea que era entre dos se había vuelto una batalla campal. La mesa había ido a parar a la mitad de la calle; las sillas, de las cuales habían roto dos, estaban desperdigadas por toda la tienda; las botellas vacías se habían convertido en armas mortales y las que todavía tenían trago seguían alimentando la trifulca; la bestia robusta se había levando, embobado pero con más ira y tirando babaza, y hasta las mujeres tuvieron compulsivos ataques de violencia.

Cuando la policía llegó, ya el tipo de los dos metros había matado al que le rompió la botella en la frente. Había sangre chispeada en las paredes y la mitad de la tienda estaba revolcada y con muchos productos rotos, aplastados y en muy mal estado. Tuvo que venir una patrulla más grande para llevarse a todos, además del carro que iba a recoger al muerto.

A mí también me iban a subir a la patrulla, pero el agente decidió requisarme primero; pronto se dio cuenta que en mí no habían rastros de pelea ni alteración, terminó de revisar y no encontró nada sospechoso. Lo único es que estaba borracho. La señora de la tienda, ya más calmada, dijo sutilmente que yo había quedado atrapado en medio de la riña. Me llevaron para que diera una declaración y me pidieron los papeles. Cuando terminé con eso, me pude ir caminando para mi casa, con la determinación de no parar en otra tienda y resuelto a que siempre es mejor ponerse a tomar solo. 

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores
     

martes, 4 de diciembre de 2018

Un recuerdo insoportable


Era tarde. Hacía más o menos hora y media que los muchachos del taller literario se habían ido al café de la esquina de atrás. Oscar había quedado de ir con ellos pero nunca fue. Ahora estaba sentado con medio paquete de cigarrillos en el borde del pequeño muro que separa el caño del sendero vehicular
.
Podría decirse que no estaba de humor. Pero seguro era algo más que eso. Su rostro no era el de alguien que está enfadado o que simplemente se siente desanimado. No. Era algo más. Oscar encendió un cigarrillo y se quedó sentado, meditabundo. Alrededor se oían algunos carros que cruzaban la calle contigua, haciendo salpicar el agua de los charcos. Decidió levantarse y deambular calle abajo, con la secreta pero sólida determinación de no levantar la mirada del suelo, como si pudiera encontrar en las grietas del asfalto alguna razón que reorientara su vida o revitalizara su existencia. No encontró nada.

Oscar pensaba en sus compañeros de tertulia. A lo mejor estaban felices, bebiendo cerveza, riendo con entusiasmo, proponiendo juegos eróticos. Sobre todo las chicas, cuya coquetería espontánea sería el cóctel más preciado para cualquier adolescente cansado de practicar el vicio nocturno. Sobre todo Berta, que se había puesto ese día un labial carmín que le iba muy bien a las curvas de su cuerpo, cubiertas por una blusa delgada de escote. Más que en sus compañeros, Oscar pensaba en Berta.

Al pasar por la zona de los burdeles, Oscar se detuvo para mirar si en su billetera tenía dinero suficiente para volver esa noche a casa. Despreocupadamente verificó que sí y que además tenía de sobra. Era una acción ilógica, pues ese día le habían pagado el dinero de una deuda nada pequeña y además contaba con fondos en su tarjeta. Un hombre de traje desbarajustado lo instó a entrar a uno de los burdeles del lugar y le aseguró que la primera cerveza sería gratis. Oscar no tenía muchas ganas pero tampoco tenía nada que perder. Nadie lo esperaba en casa.

Cruzó el umbral del burdel al que lo condujo aquel hombre y pronto se vio rodeado de luces de neón y olor a aguardiente. El lugar estaba lleno a medias. Varias mesas estaban ocupadas y se alcanzaba a escuchar el murmullo de algunas conversaciones.

-Preciosa, ¿cuánto me cobras por una noche?

-Mi vida, ya te dije que lo máximo es una hora y solo hasta que tengamos abierto el sitio.

-¡Ashh!

Sin haberle dado más vueltas al asunto, a Oscar se le ocurrió que cualquiera de las prostitutas que trabajaban allí le haría sufrir menos que Berta. Hacía ya un año que la conocía y siempre la había visto con deseo. Por supuesto que se habían dado algún beso, pero esas imágenes eran borrosas debido a la alta cantidad de alcohol que las acompañaba (cerveza artesanal y  whisky). En el burdel solo había cerveza industrial.

Creo que le di demasiado y ella ni siquiera lo notó, se reprochaba Oscar a sí mismo. Pronto se dio cuenta que no tenía sentido entrar a un burdel y ponerse a reflexionar sobre su vida, así que trató de concentrarse en el show de baile desnudo que estaba a punto de empezar. No debía ser muy difícil.

Oscar sintió vibrar su celular en el bolsillo. Lo llamaba Samuel, del grupo literario, seguro para preguntarle dónde estaba y por qué no había llegado al encuentro. Que se joda –pensó-, aquí no me estoy perdiendo de nada, y menos de la molestia de tener que decir cosas interesantes. Apagó su móvil y lo guardo. Pensó en estrellarlo contra el piso, pero eso requería un esfuerzo adicional que no estaba dispuesto a hacer.

La imagen de Berta lo apabullaba. Terminó su botella de cortesía y pidió otra. Una prostituta se le sentó al lado y colocó sus manos sobre las piernas. Llevaba un jean ajustado y una blusa con adornos dorados. Tenía puestos unos tacones negros sin medias y era morena, alta, de cintura ancha y muslos generosos.

-¿Por qué tan triste, corazón?

-Nada que no pueda solucionar una cerveza.

-Tal vez una, tal vez dos, o más…

-¿Cómo te llamas?

-Sofía. ¿Y tú?

-Carlos-, respondió Oscar, mintiendo.

-¿Y no quieres invitarme a tomar algo?

-Si no estás tomando nada es porque no lo has pedido.

Sofía le pidió una botella de cerveza al tipo que atendía en la barra y se dirigió nuevamente a Oscar.

-¿Vienes seguido por aquí?
-Lo necesario.

-¿Y eso es cada cuánto?

-Cada que no quiero pensar.

-¿Quieres que te ayude?

-Para eso tendríamos que dejar de hablar.

Terminaron sus cervezas en silencio y ella se quedó viéndole. Sus ojos eran asediantes, como los de un felino. Oscar estaba a punto de ser intimidado, pero alguna extraña nostalgia lo protegía de la mirada enervante de Sofía que, sin embargo, lo tenía bastante excitado.

-¿Sabes cuál es el único problema?- preguntó Sofía.

-¿Cuál?

-Que efectivamente te voy a hacer olvidar de todo esta noche, pero luego no te podrás quitar mi recuerdo de tu cabeza y te vas a quedar pensando mucho.

-Yo creí que era algo más grave. Vamos.


El show de baile ya había comenzado y el ruido era insoportable. 

Juan Hernany Romero C.
@JuanHernanyRC

martes, 28 de agosto de 2018

El bramido muerto

Ramón Martí y Alsina.1826-1894 (Barcelona. España) .

Permanecer inmóvil se había vuelto necesario para él, cuando a su alrededor todos se entrecortaban con tanto afán. Fue el pensamiento de su sonrisa el que lo dejó suspendido en el aire. Se hallaba sentado en posición frontal en el barrio La Macarena, envuelto por el letargo de la plaza de toros La Santamaría, donde alguna vez se vivió la fiesta brava y hoy solo queda el guayabo de las almas de mil toros asesinados entre gritos y olés, por espadas frías que penetraban sus corazones hirvientes. Un último bramido volaba con el viento, y llegó a mí entre las volutas de cigarrillo que elevaba un extraño que estaba a mi lado. Me preguntó, sin verme, qué pensaba de las hojas secas. Él pensó que eran unas malditas obstinadas, que se negaban a morir en los árboles y preferían caer para vivir en el suelo.

-Algunas son indecisas-, le dijo él, como si pudiera leer sus pensamientos, y juntos, haciendo una voz en coro, dijeron: “Permanecen flotando en el aire como aves que disfrutan del viento”.

-Yo he estado allí, en la otra plaza-, dijo el extraño.

-¿Cuál plaza?-, preguntó incrédulo, tomándolo por loco.

-En la que está más allá, donde somos nosotros los toros y quienes recibimos los espadazos directos con la complicidad de un silencio alucinado. Y un torero sale en hombros con dos orejas en sus manos, aclamado por una multitud de insensatos, que se olvidan del desorejado. Al suelo solo caen los cuerpos que han vivido una lucha en desigualdad de condiciones. Por eso es que el torero sale de la plaza levitando impune.

-¿Y quién era el torero?

- Todos lo hemos sido, incluso yo, pero ahora soy el alma de un toro olvidado.

Nicolás Méndez y Juan Hernany Romero.
@SectaDeLectores

lunes, 9 de julio de 2018

Casablanca y el desastre



Es muy difícil plasmar en un artículo de opinión la fuerza de una obra literaria; más difícil aún es tratar de delinear los aspectos más importantes de la obra sin caer en extravagancias que le quiten el sentido a lo que estamos diciendo, pues en el afán de abarcar la totalidad del libro que tratamos de exponer podemos terminar no diciendo nada y sí hablando mucho. Por eso mejor empiezo de una vez: hablaré de Casablanca la bella, novela de Fernando Vallejo, que a mi parecer es la más completa de todas, y tal vez por eso una de las más especiales.

Publicada en el 2013, Casablanca iba a llamarse “El desastre”. Dice Vallejo en un conversatorio inaugural del libro que durante años había tratado de escribir un texto que reuniera todo lo que ya tenían sus novelas previas: la desazón de la vida, la carga de la existencia, el sufrimiento de vivir, el horror de morir… el desastre. O sea, en últimas, Casablanca es El desastre.

“Casablanca no es una ciudad, es una casa: blanca como su nombre lo indica, con puertas y ventanas de color café y una palmera en el centro de un antejardín verde verde…”. El texto se va tejiendo como se va construyendo (o reconstruyendo) Casablanca en su interior: va por partes, y en cada espacio tiene Fernando ocasión de ir diciendo lo que piensa sin más freno que el del el lenguaje que usa y las interrupciones que suponen la construcción de Casablanca. Pero, ¿cómo va hilvanando Vallejo su discurso? ¿Habla solo? ¿Se oye a sí mismo?


Un diálogo con las ratas

Agotado, decepcionado y desesperanzado, vuelve Fernando a Casablanca con una vela que le dé luz antes de dormir. Viene de la avenida Nutibara y ha sido doblemente insultado  por sicarios que pasaban en su moto a toda mecha y que casi lo mandan para el otro lado. Acostado sobre bultos de escombros, recibe la visita de un grupo de ratas que salen hacer su ronda nocturna y lo encuentran allí, meditabundo, en silencio.

Son estos animales los que diariamente, cada noche, visitan a Fernando en su lecho improvisado y le dan cuerda por medio de preguntas y comentarios, brindándole a nuestro “gramático ilustre” una de las cosas más valiosas que tendrá en el desastre de Casablanca: un interlocutor.

De las largas conversaciones que tuvieron, les dejo un par de intervenciones memorables, puestas en este festín de la palabra, del lenguaje literario y las expresiones coloquiales. “La pesadilla de Kafka era despertarse convertido en un insecto. La mía es haber despertado convertido en un ser humano. Trato de acomodarme a los monstruos. Con ellos vivo. Me ahogo en su pantano”. O esta sobre la felicidad: “Y en medio del dolor del mundo esta búsqueda de la felicidad a toda costa. ¿Por qué? ¡Con qué derecho! La felicidad del individuo en medio de la desdicha ajena es impúdica. Si la felicidad no es para todos, que no sea para ninguno. Y si la vida de los animales no vale nada, ¿por qué ha de valer la del hombre? ¿No es acaso otro animal? Un bípedo alzado que caga”.

Una reforma ortográfica

Postulada ya en el Siglo de Oro por Gonzalo Correas (que escribía Korreas), Fernando propone esta reforma, ahora adaptada al contexto actual. Se trata pues de volver totalmente fonética la ortografía del idioma castellano. Me explico. La ortografía del español tiene dos caras: la fonética (cómo suenan las palabras) y la etimológica (de dónde vienen). Es por ello que escribimos hombre con hache: porque proviene de la raíz etimológica homo del latín. Pero si lo vemos en términos prácticos esa hache ya no tiene nada que hacer ahí. De lo que se trata en últimas esta reforma es de simplificar la escritura del español, ganar espacio y evitar enredos.

Del mismo modo, con miras a la construcción de una ortografía completamente fonética, se suprimirían algunas consonantes y se cambiarían por otras. “Cosa” se escribiría con ka de kilo: “kosa”. “Queso” se escribiría con ka de kilo y sin u: “keso”. “Aquí” con ka de kilo, sin u y sin tilde: “aki”. “Cinturón” son ese de sapo y sin tilde: “sinturon”. “Zancudo” con ese de sapo: “sancudo”. “Giro” con jota de joder: “jiro”. “Guerrero” con ge de guerra pero sin u: “gerrero”. “Güevón” con u sin diéresis ni tilde: “guevon”. Y también así “hijueputa” suprimiendo la hache: “ijueputa”.

Ahora bien, como se trata de simplificar la escritura del idioma, la reforma también propone suprimir las tres letras dobles de sonido sencillo, a saber: la che, la erre y la elle, las cuales deberían escribirse s, l y r, de modo que ahora solo tendríamos grafemas, unidades indivisibles del lenguaje y acortaríamos el alfabeto. “Chontaduro” se escribiría “sontaduro”, con ese y sin hache. “Caro”: “karo”, son ka y ere suave. “Carro” sería “karo”, con ka y erre dura. “Río” se escribiría “rio”, con erre dura y sin tilde. “Cigarrillo” sería “sigarilo”, con ese, erre dura y ele rara. “Yegua”: “legua”, con ele rara. En cuanto a la y de “María y José”, se escribiría con i latina: María i José. “Examen” se escribiría “ecsamen”. “Wager” se escribiría “Bagner”.

Con eso tenemos la supresión de la ce, la hache, la cu, la ve, la ve doble, la equis, la ye, la zeta, las tildes y las diéresis. Las viejas tres letras dobles serían transformadas en grafemas y llevarían un signo como el de la ñ, pero en la parte de abajo. Ah, y Dios no iría con mayúscula. En esto consiste, pues, la reforma ortográfica de Korreas/Vallejo que de a poco ha venido implementando la juventud en las conversaciones de WhatsApp y los memes de Facebook. Una reforma para Hispanoamérica y no para España, como deja claro Fernando que va por las mayorías y la practicidad. “Ortografía fonética sin resabios etimológicos, señorías. A este idioma le sobran ocho letras y al hombre dos tetas”.

La música y la memoria

Vallejo, pianista desde niño y conocedor de la música, no deja este tema por fuera y se lo toma muy a pecho. Con su iPod que lleva incrustado en su memoria, Fernando nos va cantando (o al menos recitando) valses, boleros, cumbias, rancheras. Y es que para Vallejo no hay mejor música que esta, la que le habla al corazón, y no los concertistas de conservatorio que tanto le incomodan. “Música es la que me gusta a mí y el resto es ruido”.


Eso sí les puedo decir: Casablanca sirve también como puente a músicas bellas, sencillas, profundas, que si oyen con atención marcan tanto como cualquier novela de Vallejo. El doctor Alfonso Ortiz Tirado, Pedro Infante, el Dueto Miseria, José Alfredo y María Teresa Vera, llenan las gigas del iPod de Fernando y nos transportan, como sus novelas, a otros tiempos, a otras calles, a otras casas, a otros patios, a otras iglesias, y nos hacen recordar que, aún con ilusiones y encantos, la vida siempre terminará como Casablanca: en el desastre.

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores


jueves, 1 de febrero de 2018

Desde en La Oculta



Cansado como estaba por el ajetreo que exige pertenecer a la vida civilizada, me había ido a una finca a la que me invitaron a quedarme unos días. Estaba ya instalado en la hamaca, el mueble ideal para leer, cuando me llamó mi compadre, que no me llamaba hace tiempo y me preguntó dónde estaba, a ver si nos podíamos reunir un rato. Vi que era él en la pantalla del celular y contesté:

- Compadre, qué milagro su llamada, ya decía yo que se había olvidado de los pobres.

Si vamos a hablar de pobres empecemos entonces por mí. ¿Dónde anda?

-Estoy en La Oculta

-¿La de la novela? Pero, ¿cómo?

-Con la imaginación, la adaptación psicológica de lo leído y lo vivido, dos cosas que ya no diferencio. Esta “Oculta”, ahora entre comillas para que se entienda mejor, no queda cerca de Jericó, Antioquia, como en la novela de Abad Faciolince.

-¿Y entonces? Le ruego que sea claro y no hable por el aguardiente que se le subió a la cabeza. No vaya a empezar a enredarme, como ya es costumbre en usted.

- Tranquilo compadre, déjese hablar y tómese un guarito conmigo, que el clima está agradable y los ánimos más bien templados.

-Hable pues.

- Mire, estamos en San Francisco, Cundinamarca, no California, en la última de las veredas, al final de un caminito que conduce a las fincas y las marraneras. Se entra por una portería de dos columnas de concreto y una puerta de madera, la cual se está dañando porque el río, como dice la dueña, jala y jala el terreno. Los carros, porque aquí toca venir es en carro, se dejan sobre una sábana de piedras que hay a la entrada. Cruza usted un puente de guadua construido sobre un pequeño valle para llegar a la casa, no sin antes pasar frente a un ranchito donde se hacen los asados, que en las zonas de clase alta de Bogotá llaman BBQ. Y ahí sí llega usted a la casa, con sus sólidas columnas y su techo de bambú, su pintura maltrecha y sus enormes ventanales. Entonces se queda usted afuera, al ladito del BBQ, y se pone a tomar aguardiente y a decir ociosidades como nosotros.

- Ah, ahora sí entiendo, casi que no. ¿Y llegan prepagos hasta allá?

- No sé. Nunca las he llamado. Yo no soy de esos. Además, ¿qué tal me roben acá en la casa?

-Eso no pasa, para eso hay control y garantías.

- Control y garantías es lo que dice que nos ofrece el Estado y vea.

- Ya se va a poner usted con sus cantaletas de siempre.

- No, tranquilo, venga y tráigame un trago y verá cómo es que me calmo.

- No me convence, usted no es así. Fúmese mejor un cigarro. Con eso chupa y sopla y no jode con sus discursos.

- Pero compadre, cigarros no compré porque están muy caros. El gobierno, con su mojigatería y sus impuestos, los volvió inalcanzables. Fumar ya no se puede, mejor las prepago.

Estábamos en esas cuando se nos cortó la señal porque allá es muy intermitente, y me quedé tomando guaro, pasando de Jack London a Juan Gabriel Vásquez, mientras los tangos de Gardel sonaban a todo parlante desde la finca del lado. Yo, sin embargo, hubiera querido estar escuchando a Charly García, Pasajera en trance por ejemplo, pero eso no fue posible. Igual Gardel no me molestaba. Estaba trayendo a mi memoria alguna de esas tardes psicodélicas mías en la que, saliendo completamente trastornado de un bar, terminé cantando para mis adentros esa canción que siempre canto cuando pienso que me voy a morir: Adiós muchachos, compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos. Me toca a mí hoy emprender la retirada, debo alejarme de mi buena muchachada. Adiós muchachos, ya me voy y me resigno, contra el destino nadie la talla. Se terminaron para mí todas las farras, mi cuerpo enfermo no resiste más…

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores