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jueves, 21 de mayo de 2020

Cuando ya me empiece a quedar solo


Fondos de pantalla : gato, Animales, monocromo, ventana, sentado ...

Carlos y Eduardo estaban sentados en la sala comunal del asilo en el que habían vivido los últimos cinco años. La luz entraba tenue por las hendijas de la reja del patio y el aire se condensaba al interior del recinto. La radio estaba encendida, puesta de tal modo que su sonido llenara el vacío de la sala y se ocupara de los ecos que iban a dar contra el espejo del pasillo.

-Carlos, ¿te acordás de aquella vez que te fuiste de bruces frente a la vieja de la enfermería?

-Y vos creyendo que a mí me gustaba…

-Si te lo digo es porque sí.

-Me conformo con decir que con un polvo hubiera estado bien.

Carlos se quedó pensando. Se le ocurrió que la posibilidad de acostarse con la enfermera (o su asistente, ya ni sabía) tampoco era tan lejana.

-Tendré los ojos muy lejos para cuando eso pase- dijo, resoplando, Carlos. Extendió su mano y tomó un cigarrillo de la mesa. Se lo puso en la boca. Eduardo tenía el pecho hundido en el hueco que había formado con su propio cuerpo, arqueando la columna hacia abajo.

-Para un viejo sabiondo como vos no puede ser tan difícil-, dijo Eduardo, con sorna.

-¿Ya le dieron de comer a Leda?

-No lo sé. No he visto al muchacho venir por el concentrado. Total, esa gata ya está medio loca, vieja y vencida, como nosotros. Va de un lado a otro sin propósito alguno.

Los ancianos permanecían inmóviles, mirándose furtivamente a cada rato en el transcurso de su conversación. En su juventud conocieron el hippismo, pero no lo practicaron. Probaron la marihuana y el LSD, pero nunca asistieron a una manifestación. Lo cierto es que eran viejos conocidos que habían venido a encontrarse en ese sitio la mayor parte de las veces tranquilo, que lo único que tenía de lúgubre eran ellos dos, en donde los dejaban fumar en la salita por la buena ventilación que tenía y por estar considerablemente lejos de las habitaciones.

-¿Te acordás. Carlos, de la vez que terminamos metidos en un concierto de Chavela Vargas?

-Pero che, ¡qué decís! Si cuando llegamos con lo único que nos encontramos fue con un escenario vacío.

Eduardo se quedó en silencio, sin saber muy bien qué decir frente a la lucidez memoriosa de Carlos. Volteó la cabeza hacia la izquierda y se quedó viendo los lomos de los libros que había en los anaqueles del rincón.

-¡Hace cuánto que no leo El fantasma de Canterville!

-Ese no es más que un libro muerto de pena.

Eduardo se levantó de su sitio y fue hasta la estantería para tomar el libro. Con paso lerdo volvió a su sillón y abrió el viejo volumen.

-Este libro habla de vos, de nosotros. Nos han ofendido mucho y nadie ha dado una explicación. Estamos aquí tirados y nadie se acuerda de nosotros.

Siguió ojeando el libro y se encontró en la mitad un papel suelto, doblado por la mitad. No era otra cosa que un dibujo destruido, carcomido por el paso del tiempo. Era un retrato del viejo Borges. “¿Te acordás?”.

-Aquí nos dejaron, Eduardo, cuando ya no servimos pa más, viviendo de la caridad ajena.

Eduardo quiso volver a la estantería para poner el libro en su sitio, pero se sentía muy cansado y resolvió no hacerlo. Ya era mediodía pero no podían ver el noticiero porque el televisor se había dañado.

-¿Y pa qué quiero un televisor inútil?

-Eduardo, querido, con tu eléctrica compañía tengo. ¡Vos conocés a Wilde!

La radio sonaba a todo volumen.

-Sos lo único que tengo en esta prisión que no es mía.

-¿Y para qué querés más? Si ya solo nos resta una vejez sin temores. Lo hemos vivido todo, y lo último que aprendimos fue una comprobación de lo que ya sabíamos. A la gente solo le servís si tenés algo que darles. Y los hijos… ¡la puta que los parió!

-Una vida reposada es lo que tenemos ahora.

-Pero no está mal. La enfermera viene a vernos cada semana. Le alcanzo a tocar el trasero, le ajusto un tango.

-Y las ventanas están muy afiladas. Como en la dictadura.

-Y dormís contento. Los cuartos permanecen tibios y la cama, tan inmóvil.

El tiempo había transcurrido lento y la música de la radio flotaba inerte en el aire. Carlos mantenía una sonrisa cadenciosa en su rostro. Un gesto de tranquilidad, satisfacción y gracia.

-¿Qué más hiciste aparte de trabajar estos últimos cincuenta años, Carlos?

-Escribir y dejar un montón de diarios apilados.

-Pero Carlos, decíme, ¿quién va a leer eso?

-Nadie. Son solo una flor que cuida mi pasado.

Ahora la radio transmitía un concierto. Un millón de voces gritaban, otro tanto de manos aplaudían. ¿A quién? ¿A John Lennon? ¿A Gardel? ¿A Michael Jackson?

-¿Y eso es lo que hacen, cuidar tus recuerdos?

-Y también invocar algunos fantasmas.

-¿Fantasmas? ¿Cómo cuáles?

-Como los de todos los viejos que viven con nosotros en este asilo, el de Leda. Y el fantasma tuyo, sobre todo…

-¿Mío? ¿Para qué?

-Para cuando ya me empiece a quedar solo.

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

martes, 12 de mayo de 2020

El álbum de fotos

Cómo Hacer un COLLAGE o un ALBUM DE FOTOS en Word | Mira Cómo Se Hace

Hace unos días, varios de mis primos vinieron a mi casa a visitarnos a mi mamá y a mí. Fabián, el menor de ellos, estaba encantado con las tres perras que teníamos: Salomé, Lulú y Samy.

-Yo viviendo aquí sería el niño más feliz del mundo- decía.

-No te quejes Fabián, que en tu casa también hay perro- le respondí yo.

-Pero solo uno. Tú, Lina, tienes tres.

Siguió Fabián corriendo con las perras y casi se escalabra contra el filo del lavadero. Tatiana, su hermana, le insistía que se quedara quieto, que se iba a desportillar un diente o se iba a hacer morder de alguna de las perras. Pero nada. Fabián siguió y siguió y siguió hasta que fue a dar contra los trastos de la cocina. Había cuatro en cada esquina, como los organizaba mi bisabuela en Bucaramanga. Ese orden no cambió nunca.

Mientras tanto me fui con mis dos primas al cuarto donde duermo con mi mamá. Nos hicimos en la cama, que es muy espaciosa, y nos pusimos a charlar. Karen me contaba que su último novio la había dejado, que era un desgraciado y que nada de lo que hiciera cambiaría su opinión sobre él. Entonces llegó Salomé, seguida de Fabián y Lulú. “Fabián, no jodas tanto, déjanos en paz”, le dijo Tatiana.

- No regañes tanto al niño que después va y dice quejas- le aconsejé a mi prima.

- Pero es que está inmamable. En fin, muéstrame qué tienes en esa gaveta.

Abrí la gaveta nueva, color caoba, de 30 por 40, que me trajo mi tío Jaime de Medellín hace días y saqué un álbum de fotos.

- Esto es más viejo que el abuelito- dije.

- Y pensar que está lo más de bien cuidado- agregó Karen.

Abrimos el álbum y vimos las primeras fotos: mi mamá y mi papá el día de mi primera comunión; los abuelos en la piscina de la finca de Popayán; mi papá trepado en una azotea con alto riesgo de caerse sobre el platón de una camioneta.

- Yo veo esto y me da como nostalgia- dijo Karen.

- No seas boba Karen, que eso es lo más de normal- respondió Tatiana.

Pasamos la mitad del álbum y salieron las fotos de cuando cumplí quince años. ¿Se imaginan ustedes cómo fue? Yo, con vestido, dando palabras de agradecimiento en un micrófono, aterrada. Le pedí a Karen que pusiera música en el celular, y que lo pusiera en la parte alta del mueble que hay sobre la cama, al lado del espejo.

- Te veías muy bonita, prima. Tampoco es que hayas cambiado mucho- dijo, con entusiasmo, Karen.

- Y eso que estaba nerviosa. De todos modos me gustaron mucho los mariachis- respondí.

Estando en esas mi mamá llegó con un vaso de vino Sansón para cada una y para ella. Nos pusimos a recordar ese día en el que ellas estaban todavía muy chiquitas y yo ya comenzaba a reconocerme como una mujer autónoma.

- Pero vean las demás fotos de Paola, cuando le hacen el caminito con rosas- dijo mi mamá, que no me dice Lina, sino Paola, que es mi segundo nombre.

- Ay ma, usted siempre con el mismo cuento, nada que lo supera.

Entonces nos dimos cuenta que había pasado más de una hora y se había empezado a oscurecer la casa. Me paré yo misma a encender la luz y, por accidente, dejé caer unos peluches que tenía sobre el armario. El armario tenía un espejo grande en la puerta de la derecha y la manija brillaba cuando el sol se reflejaba en ella. Tengo varios: la vaca, el mono, el oso, el perro. Milagrosamente están intactos. ¡Con tres perras en la casa!

Llamaron a la puerta. Era mi tío. Venía de trabajar. Mis primas, contentas, salieron a saludarlo.

- ¿Qué andan haciendo niñas?- preguntó Jaime.

- Nada tío, acá viendo las foticos de ustedes. Tú sí que estabas flaquito en esa época- respondió Karen.

- Eran otros tiempos. Ustedes son las que están empezando hasta ahora a vivir- prosiguió mi tío.

Fue entonces cuando, trepado en la cabecera de la cama, Fabián me pidió que le pasara el sombrero que estaba colgado en una puntilla de la pared.

- ¿Para qué quieres eso, Fabián? No molestes tanto- dijo Tatiana, enfadada.

- Pues para parecerme a Lina- dijo el niño

- Pero si Lina es mujer…- respondió, perpleja, Karen.

- Por eso. Es que yo lo que quiero ser es niña- dictaminó Fabián.

Todos nos quedamos mirándonos entre nosotros, sabiendo muy bien lo que estaba pasando. Mi mamá se rio en silencio y mi tío se quedó pensando. Llegó la noche y nos despedimos todos. Fabián se llevó el sombrero puesto.

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

lunes, 28 de enero de 2019

Prohibido opinar


Vuelve y aparece, en cualquier escenario, donde hay dos o tres, esa orden sin dueño, ese imperativo incomprensible, ese dictamen castrador, de que los temas de política y religión están prohibidos y que de eso no se habla para evitar problemas. Y yo no puedo hacer más que sentirme indignado, con una rabia ferviente, porque no hallo la manera de hacerles entender a los que se rigen por esa norma que los temas están para hablarlos, porque si no se hablan no tienen sentido y porque, a largo plazo, ese silencio incubado en el miedo engendra más violencia que un debate enérgico y estimulante.

Aparece, como un guardia que hasta entonces había permanecido al acecho, esa frase castigadora para evitar que alguien suba la voz y exprese libremente lo que piensa. Aparece para acallar al que se sale del convencionalismo de que en una reunión solo debe hablarse de temas triviales, de felicidades falsas, para reforzar prejuicios, contar chismes y hablar mal de los que no están, mientras se elabora toda una ilusión de superioridad moral.

Y yo digo no. Grito no. Porque creo que esta vida no tiene sentido si no es para ser nosotros mismos. Porque creo que, como todos, yo también tengo algo que decir y que eso vale más que cualquier chisme o especulación televisiva. Porque no me parece apetecible la comodidad con que se asume la existencia, sin una reflexión de fondo, sin una mirada crítica, sin la molestia de pensar. Porque pienso que podemos resignificar eventos que marcaron nuestra experiencia individual por medio del diálogo y el debate. Porque podemos modificar nuestra estructura mental y debemos exigirnos hacerlo.

He venido reflexionando acerca de la importancia de los otros en la construcción individual de cada uno, porque por más solos que queramos estar, es imposible dejar de lado que la construcción de sentido es un proceso colectivo en el que participamos todos, consciente o inconscientemente. Por eso me parece inaceptable que nos neguemos la posibilidad de entablar coloquios interesantes, con polémicas si es preciso, que nos obliguen a elaborar los argumentos propios que le vamos a presentar a los demás para sustentar el porqué de lo que pensamos.

Es porque creo que somos mucho más que una caja de resonancia de lo que dicen las instituciones, los medios de comunicación, los llamados líderes de opinión que se han atribuido el derecho de decirnos sobre qué debemos hablar, y los “influencers” que se dedican a crear tendencias que se resuelven en conclusiones absurdas. Estamos para hablar de temas más importantes y que nos incluyan a todos; no para dejarnos sumergir en cosas intrascendentes como si Maluma se operó la rodilla o con qué ropa salió el comediante de moda. Es porque estoy cansado de ver cómo permitimos que humillen nuestra inteligencia y nos impongan estupideces para que no pensemos.

De las funciones de pensar, opinar es muy importante porque nos posibilita contrastar el pensamiento propio con el ajeno y porque nos brinda un punto de partida para asimilar e interpretar un mundo cada vez más confuso, dominado por quienes quieren ostentar el poder de mandar y mandar a callar con solo mover un dedo. Y si a lo que le tememos es al conflicto que puede generar el debate, aprendamos y demostremos que no necesitamos la violencia que los tiranos quieren que imitemos y que la palabra es el arma más letal que nos libera del yugo al cual nos quieren someter.


Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

viernes, 11 de enero de 2019

Jack London: la vida de un aventurero


“Preferiría ser un soberbio meteoro antes que un planeta dormido y permanente”

Cuando falleció en noviembre de 1916, los periódicos norteamericanos dedicaron más espacio a la noticia de su deceso que a la de emperador Francisco José de Austria. Para entonces el nombre de Jack London estaba entre los más conocidos del orbe literario estadounidense y mundial. Su vida había estado signada por una intrépida vocación por la aventura y una lucha sin tregua frente a la máquina de escribir. Al día de hoy, sigue siendo uno de esos casos en los que resulta difícil diferenciar su vida de su obra pues aunque su filiación literaria fue la ficción, no cesó de verse retratado en sus personajes, incluso en los ejemplos menos obvios.

Nacido en 1876, London fue testigo de una época de transición en Estados Unidos. Una vez concluido el cierre de la frontera a finales del siglo XIX, no quedaban más tierras por descubrir; ya prácticamente todo tenía dueño y comenzó a consolidarse una economía en la que los grandes consorcios y monopolios se apropiaron de todos los sectores de la industria. Esto repercutió en la extinción de los exploradores de nuevos territorios, del conquistador y héroe mítico que, hasta entonces, había prevalecido como símbolo de fortaleza. Esta figura fue reemplazada por la del empresario exitoso, cuyos deseos de tomar el mundo en sus manos era el motor de toda su actividad y la justificación de sus acciones. Apellidos como Rockefeller, Pullman, Westinghouse, entre otros, comenzaron a ser conocidos en muchas ciudades y dieron origen al mito del muchacho pobre que se vuelve rico a punta esfuerzo y sacrificio.

Lo que no se decía es que detrás del enriquecimiento exorbitante de dichos empresarios, estaban las jornadas extenuantes de los obreros, los salarios de miseria y el desempleo. Al no haber oferta laboral ni posibilidades de emprendimiento (ya todo los acaparaban los líderes del mercado), los desempleados se convirtieron en vagabundos y, al cabo de pocos años, las calles estaban llenas de ellos. Mientras tanto, los millonarios dueños de la industria hacían levantar exuberantes edificaciones y monumentos, tratando de imitar los bienes culturales de Europa y el resto del mundo, sin el más mínimo entendimiento de su significado, con el único fin de hacer alarde de sus posesiones en un clímax de exhibicionismo y pretensión, hoy mejor que nunca representado por Donald Trump.

Los desempleados comenzaron a marchar y surgieron varios grupos a favor de las reivindicaciones sociales y en contra de los abusos de un capitalismo salvaje, sustentado en la explotación laboral y la represión. Jack London marchó con ellos y fue allí donde se empezó a sentir atraído por las ideas socialistas de los grupos que apoyaba. El escritor, que desde su adolescencia había emprendido un proceso de educación autodidacta, conocía textos como El manifiesto comunista y fragmentos esenciales de El capital. Se declaró socialista y aprovechaba cualquier ocasión para demostrarlo. Muchos de sus escritos retrataban las precarias condiciones de los vagabundos y escenificaban el ideal igualitario por el que se había apasionado.

Hay que decir que otras influencias intelectuales de London, además de una buena dosis de ingenuidad, lo hicieron ver como un hombre contradictorio y poco racional. Para entonces se había puesto muy de moda el darwinismo social de Herbert Spencer, doctrina adoptada por los grandes industriales para legitimar el orden económico que imperaba y promover la competencia entre los ciudadanos. A London le atraía el pensamiento de Spencer y creía en la fortaleza y la voluntad. A esto le sumó su gusto por Nietzsche y su ideal del superhombre. El autor era además un fiel partidario del más recalcitrante anglosajonismo que veía en el hombre blanco una raza  física y moralmente  superior a las demás.

Fue por eso que muchos no tardaron en señalar a London de exhibicionista ideológico, pues veían en él a un hombre pretencioso que solo quería llamar la atención y provocar a los ricos. Sin embargo, London siguió escribiendo y decidió no llegar nunca a trabajar como obrero. Cuando se supo que en el río Klondike había oro, a London, como a cientos de hombres más, le entró la fiebre del preciado metal y enrumbó a Alaska Yukón arriba en pleno invierno. El escorbuto lo obligó a regresar al sur con las manos vacías y varias historias que contar.

Jack London en el Klondike, sobre 1897.
AKG Photo, Paris

Fueron experiencias como estas las que llevaron a London a fijar su mirada en las exploraciones invernales en busca de oro. Sus obras más famosas transcurren en este contexto y la atmósfera de sus historias está compuesta de nieve, trineos, lobos, perros, escorbuto, hambre, aullidos y el silencio sepulcral de tierras inhóspitas. La llamada de lo salvaje, La quimera del oro o El colmillo blanco dan cuenta de eso. Sus personajes son a su vez el reflejo del ideal individualista de superación y voluntad proclamado por Nietzsche. London era consciente de todo esto y no quiso perderse la posibilidad de constatar sus ideales utópicos y su intensa vida en una obra de amplia producción literaria.

La salud de London, golpeada tempranamente por el escorbuto y otras enfermedades contraídas en los largos viajes, se vio agravada por el alcoholismo. El escritor cayó en una espiral de decadencia (prevista por Nietzsche como condición natural) y tanto su vida personal como su trabajo literario entraron en un periodo de oscuridad. La morfina y la heroína entraron a hacer parte de su cotidianidad y un día, agobiado por el dolor, London se suministró un coctel de drogas que le resultó letal, no sin antes hacerlo pasar por una tormentosa y prolongada agonía de más de doce horas, a los cuarenta años de edad.

Jack London es uno de esos escritores que, aunque nos hablen de experiencias lejanas y tierras desconocidas, probablemente nunca exploradas por nosotros, nos presentan un reflejo de la condición humana y su avaricia y ambición insaciables. Habla de la vida en su sentido más intenso y de la insignificancia de la muerte como algo que llega cuando simplemente ya no estamos y a lo que no vale la pena temer. “Pero la muerte no era dolorosa. Cada tormento que había sufrido había sido un tormento de la vida. La vida había difamado a la muerte. La vida sí que era cruel”. Con estas palabras de su cuento Finis, concluye este pequeño homenaje a un escritor que probablemente lo dejó todo en la vida y en el papel. 

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

jueves, 10 de enero de 2019

Yo prefiero tomar solo


Me senté a la mesa de plástico de la tienda del barrio y le pedí a la tendera que me trajera una cerveza. Se la pagué con un billete para el que ella no tenía vueltas, así que resolvimos que, para evitar enredos, me encimara otra botella. Empecé tomado rápido, pues ya había aprendido, gracias a Bukowski, que la cerveza para que haga efecto se debe beber con rapidez. Yo mismo me iba contabilizando en la mente el tiempo que debía durarme la botella: no más de cinco minutos. Entonces, al terminarla, fui con asiduidad hasta la nevera y agarré la otra cerveza. Regresé a la mesa y me quedé dándole al asunto.

Por momentos me quedaba mirando la etiqueta de la botella, analizando los detalles, deslizando la mirada sobre los colores y haciendo énfasis en cada letra: P O K E R. Si no fuera por la K, tendría con esas letras varias combinaciones para armar frases, pero la K me resultó muy engorrosa en ese momento, de manera que me conformé con dos frases insignificantes: Karla Peca Empedernida Porque Ruge y Para Reír Ernesto Obtiene Kilos. Decidí que aquel juego mental no merecía la pena y desvié la mirada hacia la calle para distraer la atención.

Entonces me di cuenta que había gastado demasiado tiempo tratando de encontrar frases con sentido y me pegué a la botella como un melancólico desconsolado. Al frente mío había un viejito con dos botellas vacías y un periódico sobre las piernas; no parecía tener la prisa mía de sentirse ebrio y me miró amistosamente. Tenían la radio encendida y comenzó a sonar una canción que, en un acceso místico, se entrelazaba directamente con mi realidad inmediata: “Y que me traigan más botellas, para quitarme este sabor de su sudor. Y que me apunten en la cuenta toda la desgracia que dejó…” La mirada se me turbó y ahí sí empecé a ponerme melancólico, como si el solo hecho de estar tomando con esa canción me tuviera que poner así, con un gesto de resentimiento en la frente y una mueca de desparpajo en los labios. “… Que me va a matar la depresión, que voy a vivir en el alcohol. ¡Qué importa! ¡Qué importa!”.

Fue en ese momento, antes del coro, cuando el muchacho que le ayudaba a la tendera (más tarde supe que era su sobrino) me dijo que qué le pasa hermano, que porqué anda tan triste si hasta ahora estamos empezando el año y mañana es día de reyes. Y sí, era el penúltimo día oficial de la navidad, que se termina cuando llegan los Reyes Magos con el incienso, la mirra y el oro, regalos inútiles a mi modo de ver. Le respondí con ironía que yo estaba bien, mejor que nunca, y casi riéndome, como si estuviera trabado y no borracho. Y arrancó el coro: “Así es la vida de caprichosa, a veces negra, a veces color rosa…”. Me terminé esa cerveza y pedí otra.

Desde hacía un tiempo había decidido no tomar en reuniones familiares, por lo cual me había abstenido en navidad y año nuevo. Prefería, mientras estuviera con parientes, mantenerme sobrio para evitar problemas. Entonces aproveché que estaba solo para tomarme con calma unas cervezas. En mi familia, como en casi todas las demás, estaba mal visto tomar solo, era un signo de degeneración, de vicio, de decadencia; si uno tomaba era porque estaba con alguien y porque estaba contento, porque había algo que celebrar. Por ende, estaba muy bien si uno se emborrachaba en nochebuena; nadie lo juzgaba y hasta resultaba simpático. Pero si la borrachera era por fuera de esas fechas y ojalá entre semana, el dedo moralista acusador caía sobre uno y el dictamen era certero. ¡Ahora súmele que además estaba tomando solo!

Sin embargo, pese a mi apariencia mustia, en el fondo estaba contento. El mundo para mí no era otra cosa que un escenario donde se representaban todas las ridiculeces humanas que la gente se tomaba en serio. Yo, en cambio, no me las tomaba en serio. Pero algo tenía que asumir con mediana seriedad, y eso, paradójicamente, era la burla; por eso me metía bien en el papel del novio despechado al que se le asomaban las lágrimas mientras sonaba una canción de desamor. Yo no creía en la fidelidad ni en el amor eterno ni en el amor. Si acaso, en la amistad. Entonces me acordé de una conversación que en la infancia había tenido con mi abuela.

-Abuelita, ¿por qué los curas no tienen esposa?

-Porque deben guardar castidad.

-¿Y eso qué es?

-Que no pueden distraerse de su compromiso con Dios.

-¿Y nunca se casan?

-Están casados con la iglesia.

De algún modo, yo también tenía un compromiso, claro está que ese concepto era demasiado abstruso para mí. Pero mi compromiso no era con Dios ni con ninguna divinidad religiosa, sino con la ocurrente trascendencia que sentía emanar de mi interior y que me llevaba continuamente a explorar los más indefinibles contextos de este mundo y del otro. Ahí se me ocurrió una pregunta que le pude haber hecho a mi abuela aquella tarde en el patio de la casa que tenía en el barrio Versalles de Manizales:

-Abuelita, si los curas se pueden casar con la iglesia, ¿yo me puedo casar con las putas?

Pagué lo que debía y salí trastabillando. La noche había terminado de caer y las calles estaban vacías. Me fui caminando sin destino, mascullando pensamientos enredados. Sentí un enorme deseo de orinar. Miré con sigilo a izquierda y derecha y me arrinconé frente a un muro, tratando de ocultar mi delgada figura con un poste de luz. Oriné. A cada segundo me entraba el espanto de estar siendo observado, de modo que cuando terminé me fui caminando más rápido que antes, sin poder evitar el tambaleo de la borrachera.

Decidí regresar a mi casa, razón por la cual tuve que volver a pasar frente a la tienda. Había llegado un grupo grande, de unas cinco o seis personas, y habían pedido aguardiente. Algunos fumaban cigarrillos mientras iban charlando y haciéndose bromas sobre quién tenía el pene más grande. En el grupo había dos mujeres que se reían a gusto y se sentaban en las piernas  de esos tipos a cada rato. Como de todos modos me iba a quedar observando, entré y pedí una cerveza. Me senté a la mesa del rincón e intenté escuchar la música que trataba de sonar en la radio, pero el griterío de los nuevos borrachos no me dejaba oír. Debía de ser alguna salsa rosa de esas que se han puesto de moda, así que perdí el interés.

Al cabo de unas cuantas cervezas mías y de un par de botellas de aguardiente de ellos, la atmósfera era otra; ya no los oía con tanta claridad y hasta la señora de la tienda se había puesto a tomar al lado de la bodega de helados. Fue un golpe intempestivo sobre la mesa del grupo grande lo que me alarmó un poco; tras el golpe se oyó el ruido de una botella quebrada y ahí comenzó el escándalo. Un macancán de casi dos metros le dio un puñetazo al tipo que quedaba dándome la espalda. Las mujeres comenzaron a gritar, agarrándose la cara y perdiendo el semblante, pero no lograron nada. Los demás miembros del grupo intentaron detener al sujeto que había lanzado el golpe, pero el orangután estaba cegado de ira y licor. Mientras este estaba distraído tratando de librarse de las manos de sus colegas, el hombre que había recibido el golpe agarró una botella vacía y se la estrelló en la frente al gigante. La sangre brotó y bajo por toda su cara; el tipo había perdido el sentido y las mujeres empezaron a llorar.

La señora de la tienda, a pesar de su cojera, llegó corriendo hasta el teléfono que tenía justo al lado del aparatico donde hacía recargas a celulares y pagos en línea de los recibos. Miraba aterrada la pelea, mientras hablaba tapándose la boca con la bocina. Yo permanecía inmutado, sin poder pedir más cerveza, mirando absorto lo que ocurría.

La pelea que era entre dos se había vuelto una batalla campal. La mesa había ido a parar a la mitad de la calle; las sillas, de las cuales habían roto dos, estaban desperdigadas por toda la tienda; las botellas vacías se habían convertido en armas mortales y las que todavía tenían trago seguían alimentando la trifulca; la bestia robusta se había levando, embobado pero con más ira y tirando babaza, y hasta las mujeres tuvieron compulsivos ataques de violencia.

Cuando la policía llegó, ya el tipo de los dos metros había matado al que le rompió la botella en la frente. Había sangre chispeada en las paredes y la mitad de la tienda estaba revolcada y con muchos productos rotos, aplastados y en muy mal estado. Tuvo que venir una patrulla más grande para llevarse a todos, además del carro que iba a recoger al muerto.

A mí también me iban a subir a la patrulla, pero el agente decidió requisarme primero; pronto se dio cuenta que en mí no habían rastros de pelea ni alteración, terminó de revisar y no encontró nada sospechoso. Lo único es que estaba borracho. La señora de la tienda, ya más calmada, dijo sutilmente que yo había quedado atrapado en medio de la riña. Me llevaron para que diera una declaración y me pidieron los papeles. Cuando terminé con eso, me pude ir caminando para mi casa, con la determinación de no parar en otra tienda y resuelto a que siempre es mejor ponerse a tomar solo. 

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores
     

martes, 4 de diciembre de 2018

Un recuerdo insoportable


Era tarde. Hacía más o menos hora y media que los muchachos del taller literario se habían ido al café de la esquina de atrás. Oscar había quedado de ir con ellos pero nunca fue. Ahora estaba sentado con medio paquete de cigarrillos en el borde del pequeño muro que separa el caño del sendero vehicular
.
Podría decirse que no estaba de humor. Pero seguro era algo más que eso. Su rostro no era el de alguien que está enfadado o que simplemente se siente desanimado. No. Era algo más. Oscar encendió un cigarrillo y se quedó sentado, meditabundo. Alrededor se oían algunos carros que cruzaban la calle contigua, haciendo salpicar el agua de los charcos. Decidió levantarse y deambular calle abajo, con la secreta pero sólida determinación de no levantar la mirada del suelo, como si pudiera encontrar en las grietas del asfalto alguna razón que reorientara su vida o revitalizara su existencia. No encontró nada.

Oscar pensaba en sus compañeros de tertulia. A lo mejor estaban felices, bebiendo cerveza, riendo con entusiasmo, proponiendo juegos eróticos. Sobre todo las chicas, cuya coquetería espontánea sería el cóctel más preciado para cualquier adolescente cansado de practicar el vicio nocturno. Sobre todo Berta, que se había puesto ese día un labial carmín que le iba muy bien a las curvas de su cuerpo, cubiertas por una blusa delgada de escote. Más que en sus compañeros, Oscar pensaba en Berta.

Al pasar por la zona de los burdeles, Oscar se detuvo para mirar si en su billetera tenía dinero suficiente para volver esa noche a casa. Despreocupadamente verificó que sí y que además tenía de sobra. Era una acción ilógica, pues ese día le habían pagado el dinero de una deuda nada pequeña y además contaba con fondos en su tarjeta. Un hombre de traje desbarajustado lo instó a entrar a uno de los burdeles del lugar y le aseguró que la primera cerveza sería gratis. Oscar no tenía muchas ganas pero tampoco tenía nada que perder. Nadie lo esperaba en casa.

Cruzó el umbral del burdel al que lo condujo aquel hombre y pronto se vio rodeado de luces de neón y olor a aguardiente. El lugar estaba lleno a medias. Varias mesas estaban ocupadas y se alcanzaba a escuchar el murmullo de algunas conversaciones.

-Preciosa, ¿cuánto me cobras por una noche?

-Mi vida, ya te dije que lo máximo es una hora y solo hasta que tengamos abierto el sitio.

-¡Ashh!

Sin haberle dado más vueltas al asunto, a Oscar se le ocurrió que cualquiera de las prostitutas que trabajaban allí le haría sufrir menos que Berta. Hacía ya un año que la conocía y siempre la había visto con deseo. Por supuesto que se habían dado algún beso, pero esas imágenes eran borrosas debido a la alta cantidad de alcohol que las acompañaba (cerveza artesanal y  whisky). En el burdel solo había cerveza industrial.

Creo que le di demasiado y ella ni siquiera lo notó, se reprochaba Oscar a sí mismo. Pronto se dio cuenta que no tenía sentido entrar a un burdel y ponerse a reflexionar sobre su vida, así que trató de concentrarse en el show de baile desnudo que estaba a punto de empezar. No debía ser muy difícil.

Oscar sintió vibrar su celular en el bolsillo. Lo llamaba Samuel, del grupo literario, seguro para preguntarle dónde estaba y por qué no había llegado al encuentro. Que se joda –pensó-, aquí no me estoy perdiendo de nada, y menos de la molestia de tener que decir cosas interesantes. Apagó su móvil y lo guardo. Pensó en estrellarlo contra el piso, pero eso requería un esfuerzo adicional que no estaba dispuesto a hacer.

La imagen de Berta lo apabullaba. Terminó su botella de cortesía y pidió otra. Una prostituta se le sentó al lado y colocó sus manos sobre las piernas. Llevaba un jean ajustado y una blusa con adornos dorados. Tenía puestos unos tacones negros sin medias y era morena, alta, de cintura ancha y muslos generosos.

-¿Por qué tan triste, corazón?

-Nada que no pueda solucionar una cerveza.

-Tal vez una, tal vez dos, o más…

-¿Cómo te llamas?

-Sofía. ¿Y tú?

-Carlos-, respondió Oscar, mintiendo.

-¿Y no quieres invitarme a tomar algo?

-Si no estás tomando nada es porque no lo has pedido.

Sofía le pidió una botella de cerveza al tipo que atendía en la barra y se dirigió nuevamente a Oscar.

-¿Vienes seguido por aquí?
-Lo necesario.

-¿Y eso es cada cuánto?

-Cada que no quiero pensar.

-¿Quieres que te ayude?

-Para eso tendríamos que dejar de hablar.

Terminaron sus cervezas en silencio y ella se quedó viéndole. Sus ojos eran asediantes, como los de un felino. Oscar estaba a punto de ser intimidado, pero alguna extraña nostalgia lo protegía de la mirada enervante de Sofía que, sin embargo, lo tenía bastante excitado.

-¿Sabes cuál es el único problema?- preguntó Sofía.

-¿Cuál?

-Que efectivamente te voy a hacer olvidar de todo esta noche, pero luego no te podrás quitar mi recuerdo de tu cabeza y te vas a quedar pensando mucho.

-Yo creí que era algo más grave. Vamos.


El show de baile ya había comenzado y el ruido era insoportable. 

Juan Hernany Romero C.
@JuanHernanyRC

lunes, 26 de noviembre de 2018

Sin humor no hay irreverencia


El humor y el sarcasmo, por lo menos en una proporción significativa, son elementos inherentes a la literatura. Incluso en tramas obscuras y tormentosas, como las de Kafka. Y esto es posible, seguramente, porque casi todo puede ser objeto de risa, sobre todo las cosas más serias. Es más, el verdadero humor solo es posible a partir de lo realmente serio. Todo lo demás no es otra cosa que la reproducción de las simplicidades y torpezas del ser humano en busca de la satisfacción de su necesidad de risa por razones de salud mental.

Y esta risa, llamémosle risa literaria, es un conducto a la crítica y la liberación de los dogmas más ocluyentes y totalizantes. Por medio de la sátira de lo que algunos acertarán en llamar “historia oficial”, se puede deconstruir toda una tradición de verdades impuestas, en muchos casos absurdas y con un grado muy bajo de sustentación y evidencia. Es entonces cuando el humor llega al rescate y comienza a exponer, de la manera más fina, los vacíos que un dogma puede contener en sí mismo, y lo hace risible. Cuando esto ocurre, la autoridad de lo que antes fuera verdad única comienza a desmoronarse, dejando un reguero de inconsistencias y desencantos por lo absurdo de su contenido. 


En Mark Twain tenemos un ejemplo magnífico y preciso de lo anterior. Sus Escritos irreverentes representan una de las compilaciones de textos más provocativas para el lector profano y más provocadoras para el venerador de lo divino. El autor de personajes tan fascinantes como Tom Sawyer o Huckleberry Finn, asume la voz de personalidades bíblicas que dan su testimonio de lo que aparece en los textos sagrados con una espontaneidad que ya se quisieran los obispos y los santos en sus epístolas grandilocuentes. Y lo hacen despojados de los rasgos característicos que han fijado en ellos para convertirlos en simples metáforas y simbolismos al servicio del poder eclesial y su mantenimiento durante siglos en casi todo el planeta.

La primera parte del texto, y también la más extensa, son las Cartas de Satán desde la Tierra. Aquí, por medio de once cartas, el arcángel Satán (todavía no convertido en el Diablo tras su destierro eterno del cielo), les comunica a sus colegas, los arcángeles Miguel y Gabriel, sus observaciones sobre la naturaleza humana en un remoto lugar llamado Tierra que surgió de la palma de la mano de Dios en una explosión tremebunda y atosigante de la que salieron galaxias, soles y millones de planetas.


Día tras día, Satán se muestra más sorprendido ante lo que ve, pues les asegura a sus compañeros que la raza humana está plagada de complejidades y contradicciones irreconciliables que ningún ser divino, desde su providencial inteligencia, sería capaz de comprender. Pero lo que más llama su atención es la postura del hombre frente a la religión. Satán escudriña en los detalles de la Biblia y se muestra perplejo ante, por ejemplo, la crueldad de un Dios Padre que elimina a todos los seres vivos, producto de su creación, mediante un diluvio apocalíptico en el que mata miles de millones de inocentes por cuenta de unos cuantos réprobos. Y lo que lo deja aún más perplejo es que, a pesar de hechos como este o como el exterminio de diversos pueblos por orden de Dios, los humanos lo llamen Padre Eterno, Padre Bondadoso, Dios Todopoderoso.


No cabe duda de que Twain muestra un escepticismo recalcitrante en estos escritos, donde no solo realiza una crítica a la institución religiosa como tal sino a sus cimientos históricos más antiguos, partiendo de la teología y, hasta cierto punto, de la hermenéutica. Por supuesto, el humor es su arma más letal, la punta de su espada. No concibe que en el libro que es para casi toda la humanidad una carta de navegación haya lagunas que demuestren la arbitrariedad de los relatos bíblicos y la imposibilidad de demostrar su veracidad, como en toda la historia del Arca de Noé y el diluvio universal, objeto de la furibunda crítica de Satán que comienza a mostrarse indignado en el transcurso de sus mensajes. 


En estas cartas, como en el resto de los escritos de Twain, se demuestra que el mejor argumento contra la Biblia es la Biblia misma. El carácter tiránico de Dios, las temibles manifestaciones de su poder (cuando dice ser el origen del amor), sus celos enfermizos y las contradicciones en sus mandatos, dejan claro que “el enemigo más implacable y obstinado del género humano es su Padre Celestial”, en palabras del autor. Aquí tenemos un claro ejemplo del viejo precepto que dice que un buen ateo lleva siempre una Biblia bajo el brazo.


Al libro lo complementan los Apuntes de la familia de Adán, donde personajes como Matusalén, el longevo hombre bíblico, deja entrever nuevamente, desde la risa rotunda del lector, los más empecinados absurdos de las Escrituras desde el punto de vista científico y cualquier lógica aterrizada. Pero la Autobiografía de Eva es el punto culmen de esta obra, pues la visión virgen de la primera mujer de la Tierra, madre de la humanidad, constituye una narración estupenda del personaje más vilipendiado del judeo-cristianismo, por ser considerada la causa de todo el padecimiento humano a raíz de la omisión del mandato de no comer del fruto prohibido. Eva no es culpable de nada; el culpable es Dios por crear las tentaciones a las que sometió a sus criaturas y desencadenar todo el mal que él mismo pudo haber evitado. Eva, entonces, es no solo la primera mujer sino la primera filósofa, por ejercer la deliciosa actividad del pensamiento y exprimir el jugoso fruto de la duda. 


Por último, está la Carta desde el Cielo, un simpático documento en que un “ángel archivero” lleva la contabilidad moral de un comerciante de Nueva York y lo clasifica con puntajes según sus buenas obras y su conducta cristiana, llevando un seguimiento sistemático de sus plegarias, sus actos caritativos y los deseos secretos de su corazón.

Así son los Escritos irreverentes de Mark Twain, un monumento a la lucidez intelectual, constituida por una dosis de humor precisa y candorosa que dice no a todo lo que pretende encallar su entendimiento en creencias inaceptables que, sin embargo, han imperado por centurias y condicionado la vida de la humanidad. Para Twain la reverencia no es un camino ni el silencio una alternativa. 

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores