Vuelve
y aparece, en cualquier escenario, donde hay dos o tres, esa orden sin dueño,
ese imperativo incomprensible, ese dictamen castrador, de que los temas de
política y religión están prohibidos y que de eso no se habla para evitar problemas.
Y yo no puedo hacer más que sentirme indignado, con una rabia ferviente, porque
no hallo la manera de hacerles entender a los que se rigen por esa norma que
los temas están para hablarlos, porque si no se hablan no tienen sentido y
porque, a largo plazo, ese silencio incubado en el miedo engendra más violencia
que un debate enérgico y estimulante.
Aparece,
como un guardia que hasta entonces había permanecido al acecho, esa frase
castigadora para evitar que alguien suba la voz y exprese libremente lo que
piensa. Aparece para acallar al que se sale del convencionalismo de que en una
reunión solo debe hablarse de temas triviales, de felicidades falsas, para
reforzar prejuicios, contar chismes y hablar mal de los que no están, mientras
se elabora toda una ilusión de superioridad moral.
Y
yo digo no. Grito no. Porque creo que esta vida no tiene sentido si no es para
ser nosotros mismos. Porque creo que, como todos, yo también tengo algo que
decir y que eso vale más que cualquier chisme o especulación televisiva. Porque
no me parece apetecible la comodidad con que se asume la existencia, sin una
reflexión de fondo, sin una mirada crítica, sin la molestia de pensar. Porque
pienso que podemos resignificar eventos que marcaron nuestra experiencia
individual por medio del diálogo y el debate. Porque podemos modificar nuestra
estructura mental y debemos exigirnos hacerlo.
He
venido reflexionando acerca de la importancia de los otros en la construcción
individual de cada uno, porque por más solos que queramos estar, es imposible
dejar de lado que la construcción de sentido es un proceso colectivo en el que
participamos todos, consciente o inconscientemente. Por eso me parece
inaceptable que nos neguemos la posibilidad de entablar coloquios interesantes,
con polémicas si es preciso, que nos obliguen a elaborar los argumentos propios
que le vamos a presentar a los demás para sustentar el porqué de lo que
pensamos.
Es
porque creo que somos mucho más que una caja de resonancia de lo que dicen las
instituciones, los medios de comunicación, los llamados líderes de opinión que
se han atribuido el derecho de decirnos sobre qué debemos hablar, y los
“influencers” que se dedican a crear tendencias que se resuelven en
conclusiones absurdas. Estamos para hablar de temas más importantes y que nos
incluyan a todos; no para dejarnos sumergir en cosas intrascendentes como si
Maluma se operó la rodilla o con qué ropa salió el comediante de moda. Es
porque estoy cansado de ver cómo permitimos que humillen nuestra inteligencia y
nos impongan estupideces para que no pensemos.
De
las funciones de pensar, opinar es muy importante porque nos posibilita
contrastar el pensamiento propio con el ajeno y porque nos brinda un punto de
partida para asimilar e interpretar un mundo cada vez más confuso, dominado por
quienes quieren ostentar el poder de mandar y mandar a callar con solo mover un
dedo. Y si a lo que le tememos es al conflicto que puede generar el debate,
aprendamos y demostremos que no necesitamos la violencia que los tiranos
quieren que imitemos y que la palabra es el arma más letal que nos libera del
yugo al cual nos quieren someter.
Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

El temor de confrontar ideas sin deteriorar las relaciones está asociado a la fragilidad argumental de los contertulios, es más fácil hablar de tonterías, fútbol, moda, o tragos, que analizar el estado y perspectivas de la nación, el mundo o un municipio.
ResponderBorrarAbsolutamente de acuerdo. Miedo y fragilidad argumental van de la mano. Saludos.
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