viernes, 23 de septiembre de 2016

La tregua olímpica



Cuando empiezan los Juegos Olímpicos se generaliza un espíritu de entusiasmo: la gente sigue, desde la madrugada hasta ya entrada la noche, las transmisiones que realizan los canales nacionales e internacionales de las competencias multidisciplinarias, en que miles de atletas representan a sus respectivos países. Hablamos de datos, de rasgos, de estrategias; y comenzamos a jugar también nosotros, haciendo apuestas olímpicas, y lanzando gritos de pódium para que nos escuchen y así podamos celebrar algo ese día.

Hoy, cuando dirigimos nuestra mirada hacia las pantallas y apreciamos los avances tecnológicos aplicados a las olimpiadas, ignoramos que, en un pasado remoto, estas competencias tenían un enfoque, si no contrario al de ahora, diferente. En primer lugar, existía una motivación religiosa: la clara intención de rendirle homenaje a Zeus, el dios de los dioses. No se sabe si por compromiso moral, tradición o miedo, pero el caso es que los griegos tenían dos pilares humanos fundamentales en los cuales basaban sus actividades: la virtud y la belleza. Las riquezas materiales quedaban en un segundo plano; se veían más como un recurso artificial, útil para la elaboración de bienes comunes, destinados al perfeccionamiento del hombre y al enaltecimiento de los dioses, que no eran más que brillantes representaciones de las dimensiones humanas y , a la vez, referentes superiores de vida.

Al igual que ahora, las olimpiadas se celebraban cada cuatro años y contaban con la participación de varios representantes de las polis griegas. Como Grecia no era un Imperio, no centralizaba sus riquezas en una ciudad específica, sino que le permitía a cada una establecer sus propias leyes, pensadas independientemente para la construcción de una sociedad justa y floreciente. Seguramente, cada ciudad tendría cierto nivel de especialidad en una disciplina específica, pero todas eran comunes durante el desarrollo de los juegos. Inicialmente, las disciplinas fueron cinco: carrera, salto, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco, y lucha. Cada una de estas competencias estaba contenida en la gran prueba del Pentatlón, que le daba la gloria y el honor a quien resultara ganador, junto con la posibilidad de elegir una (o varias, dependiendo del apetito del atleta) de las griegas más hermosas, que quedaban atónitas con las capacidades deportivas y morales de los vencedores.

Lo del oro, la plata y el bronce no era muy común por esos tiempos; tampoco se les pagaban con grandes sumas de dinero a los deportistas. El máximo premio –en términos materiales- era una corona de hojas de olivo, fabricada por los mismos dioses, y que significaba el máximo honor para un atleta. El ideal era honor y gloria, no éxito y dinero. Por eso los griegos se esmeraban tanto en alcanzar la perfección estética y deportiva: para asemejarse más a sus dioses, para sentirlos más cerca, algo que poco tiene que ver con la tradición judeo-cristiana de la que somos parte.
Uno de los aspectos más llamativos de los Juegos Olímpicos en la antigüedad, radica en que durante las competencias se establecía una tregua general en todas las polis griegas. Dicha tregua era inviolable, y cualquier confrontación bélica tenía que ceder, al menos durante la celebración de los olímpicos. Lo curioso es que esta característica fue quedando relegada al olvido cuando la celebración deportiva tomó un carácter global, pues muchos conflictos internacionales han mantenido la misma intensidad sin importar que se encuentren o no en los Juegos Olímpicos. Siria, por ejemplo, es el referente más impactante para demostrar lo anterior: los bombardeos continuaron, las muertes se sucedieron una tras otra, y la violencia no ha disminuido un palmo, al contrario, el conflicto cada vez se agudiza más y el número de víctimas se incrementa.

Y no solamente me refiero a las guerras, sino a las situaciones críticas que viven los países en términos económicos, políticos o culturales. Tenemos el caso de Brasil, anfitrión de la última edición de los olímpicos, que realizó dicha celebración deportiva mientras su presidenta se encontraba suspendida por cargos de corrupción y una porción amplia de los ciudadanos se oponía al desarrollo de las olimpiadas en su país, pues no podían asimilar la alta inversión que estos significaban, justo cuando más dinero se requería en educación, infraestructura pública, salud y empleo. En ciertos puntos de las ciudades la situación se volvió casi incontrolable, pues la violencia en las favelas había llegado a niveles alarmantes y, por consiguiente, hubo que reforzar la seguridad en hoteles y escenarios deportivos. A lo anterior se le pueden sumar las amenazas enviadas por el grupo ISIS, pocos días antes de la inauguración, lo cual generó un ambiente de tensión e incertidumbre.


Caso contrario, podemos mencionar a Colombia, nuestro país, que por esas fechas ya estaba oficializando el acuerdo final entre las FARC y el Gobierno Nacional. No solo se estaba pactando una tregua temporal, sino permanente; un cese al fuego bilateral por parte de estos dos sectores, enfrentados desde hace más de 50 años. He ahí un reflejo de la paz: la mejor participación del país, cuantitativamente, en las justas olímpicas. No sé si será casualidad, causalidad o, sencillamente una ilusión animista por el contexto actual de Colombia, pero estoy seguro de no ser el único que lo notó. Ahora entiendo mejor a los griegos y su manera de ver las cosas, su respeto por los pactos y su devoción por la paz –aunque eran grandes guerreros-. Todo cobra sentido, está relacionado. Colombia lo sabe y también sus deportistas y ciudadanos. Vale la pena hacer una tregua, una permanente, olímpica. ¡Qué golazo!

Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

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