Cuando empiezan
los Juegos Olímpicos se generaliza un espíritu de entusiasmo: la gente sigue,
desde la madrugada hasta ya entrada la noche, las transmisiones que realizan
los canales nacionales e internacionales de las competencias
multidisciplinarias, en que miles de atletas representan a sus respectivos
países. Hablamos de datos, de rasgos, de estrategias; y comenzamos a jugar
también nosotros, haciendo apuestas olímpicas, y lanzando gritos de pódium para
que nos escuchen y así podamos celebrar algo ese día.
Hoy, cuando
dirigimos nuestra mirada hacia las pantallas y apreciamos los avances
tecnológicos aplicados a las olimpiadas, ignoramos que, en un pasado remoto,
estas competencias tenían un enfoque, si no contrario al de ahora, diferente.
En primer lugar, existía una motivación religiosa: la clara intención de
rendirle homenaje a Zeus, el dios de los dioses. No se sabe si por compromiso
moral, tradición o miedo, pero el caso es que los griegos tenían dos pilares
humanos fundamentales en los cuales basaban sus actividades: la virtud y la
belleza. Las riquezas materiales quedaban en un segundo plano; se veían más
como un recurso artificial, útil para la elaboración de bienes comunes,
destinados al perfeccionamiento del hombre y al enaltecimiento de los dioses, que
no eran más que brillantes representaciones de las dimensiones humanas y , a la
vez, referentes superiores de vida.
Al igual que
ahora, las olimpiadas se celebraban cada cuatro años y contaban con la
participación de varios representantes de las polis griegas. Como Grecia no era
un Imperio, no centralizaba sus riquezas en una ciudad específica, sino que le
permitía a cada una establecer sus propias leyes, pensadas independientemente
para la construcción de una sociedad justa y floreciente. Seguramente, cada
ciudad tendría cierto nivel de especialidad en una disciplina específica, pero
todas eran comunes durante el desarrollo de los juegos. Inicialmente, las
disciplinas fueron cinco: carrera, salto, lanzamiento de jabalina, lanzamiento
de disco, y lucha. Cada una de estas competencias estaba contenida en la gran
prueba del Pentatlón, que le daba la gloria y el honor a quien resultara
ganador, junto con la posibilidad de elegir una (o varias, dependiendo del
apetito del atleta) de las griegas más hermosas, que quedaban atónitas con las
capacidades deportivas y morales de los vencedores.
Lo del oro, la
plata y el bronce no era muy común por esos tiempos; tampoco se les pagaban con
grandes sumas de dinero a los deportistas. El máximo premio –en términos
materiales- era una corona de hojas de olivo, fabricada por los mismos dioses,
y que significaba el máximo honor para un atleta. El ideal era honor y gloria,
no éxito y dinero. Por eso los griegos se esmeraban tanto en alcanzar la
perfección estética y deportiva: para asemejarse más a sus dioses, para
sentirlos más cerca, algo que poco tiene que ver con la tradición
judeo-cristiana de la que somos parte.
Uno de los
aspectos más llamativos de los Juegos Olímpicos en la antigüedad, radica en que
durante las competencias se establecía una tregua general en todas las polis
griegas. Dicha tregua era inviolable, y cualquier confrontación bélica tenía
que ceder, al menos durante la celebración de los olímpicos. Lo curioso es que
esta característica fue quedando relegada al olvido cuando la celebración
deportiva tomó un carácter global, pues muchos conflictos internacionales han
mantenido la misma intensidad sin importar que se encuentren o no en los Juegos
Olímpicos. Siria, por ejemplo, es el referente más impactante para demostrar lo
anterior: los bombardeos continuaron, las muertes se sucedieron una tras otra,
y la violencia no ha disminuido un palmo, al contrario, el conflicto cada vez
se agudiza más y el número de víctimas se incrementa.
Y no solamente me
refiero a las guerras, sino a las situaciones críticas que viven los países en
términos económicos, políticos o culturales. Tenemos el caso de Brasil,
anfitrión de la última edición de los olímpicos, que realizó dicha celebración
deportiva mientras su presidenta se encontraba suspendida por cargos de
corrupción y una porción amplia de los ciudadanos se oponía al desarrollo de
las olimpiadas en su país, pues no podían asimilar la alta inversión que estos
significaban, justo cuando más dinero se requería en educación, infraestructura
pública, salud y empleo. En ciertos puntos de las ciudades la situación se
volvió casi incontrolable, pues la violencia en las favelas había llegado a niveles alarmantes y, por consiguiente,
hubo que reforzar la seguridad en hoteles y escenarios deportivos. A lo
anterior se le pueden sumar las amenazas enviadas por el grupo ISIS, pocos días
antes de la inauguración, lo cual generó un ambiente de tensión e
incertidumbre.
Caso contrario,
podemos mencionar a Colombia, nuestro país, que por esas fechas ya estaba
oficializando el acuerdo final entre las FARC y el Gobierno Nacional. No solo
se estaba pactando una tregua temporal, sino permanente; un cese al fuego
bilateral por parte de estos dos sectores, enfrentados desde hace más de 50
años. He ahí un reflejo de la paz: la mejor participación del país,
cuantitativamente, en las justas olímpicas. No sé si será casualidad,
causalidad o, sencillamente una ilusión animista por el contexto actual de
Colombia, pero estoy seguro de no ser el único que lo notó. Ahora entiendo
mejor a los griegos y su manera de ver las cosas, su respeto por los pactos y
su devoción por la paz –aunque eran grandes guerreros-. Todo cobra sentido,
está relacionado. Colombia lo sabe y también sus deportistas y ciudadanos. Vale
la pena hacer una tregua, una permanente, olímpica. ¡Qué golazo!
Juan Hernany Romero C.
@SectaDeLectores

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